yelmy

Poemas de Yelmy Hernández

 

Perfectamente imperfecto

Te vi
aquel cuatro de enero
y el tiempo
          de pronto
se volvió incredulidad.

No recordaba tu rostro así:
tan lleno de luz
tan quieto en tu manera de mirarme.
No me enamoré de tu cuerpo
sino de tu alma
de esa forma tuya de habitar el mundo
como quien no sabe que ilumina.
Después entendí
que no eras perfecto.
Y
sin embargo
fue entonces
cuando empecé a amarte de verdad.

Me enamoré de tus grietas
de tus silencios
hasta de la forma torpe
en que el amor nos discutía.

Eres mi terremoto inofensivo
el alboroto que cambia las cosas
y las conduce
a lugares hermosos
aunque desconocidos.

A veces pareces irreal
invento.
Pero no
apenas eres humano
y
por eso
perfectamente imperfecto.



Te amo más que a mí

Me asusta el amor
porque cuando amo
me entrego entera.

No sé querer a medias.
No sé cerrar la puerta
ni esconder las manos.
Quise quererte con calma
pero te amé
inevitablemente.

A tu lado
todo en mí es vértigo:
el pecho
la voz
la necesidad de quedarme.

Me aterra amarte tanto
y no saber
si en tu corazón
mi nombre pesa lo mismo.

Yo, que por ti
daría más de lo que tengo
me descubro incompleta
como si al amarte
hubiera dejado en tus manos
la mitad de mí.

No te pido
que me ames como yo te amo.
Me bastaría
acaso
con que un día
en medio de la vida
me recuerdes un poco.


El hombre de mis sueños

El hombre de mis sueños
no existe.
Es demasiado exacto
demasiado limpio
demasiado perfecto
para ser verdad.


en cambio
llegas con tus errores
con tu manera humana
de romper la tarde
y volverla más hermosa.
El hombre de mis sueños
sería un dibujo.
Tú eres el pulso.
Serías menos ideal
pero más cierto
y yo prefiero lo cierto:
esa luz tuya
que no baja del cielo
sino que tiembla aquí
frente a mis ojos.
Por eso te elijo.
No porque seas perfecto
sino porque en ti
la respira belleza.



¿Dónde queda el olvido?

Me pregunto
por qué sigue doliendo el pasado
si ya no existe.

Por qué vuelve
si la puerta se cerró hace tiempo.
Por qué lloro todavía
por una herida
que aprendió a llamarse recuerdo.

Dicen que perdonar basta
pero a veces el perdón
no apaga la memoria.

A veces uno sigue ahí
detenido
frente a las mismas rejas
mirando una puerta
que ya no conduce a nada.
Quise correr.
Quise salir.
Quise dejar atrás
todo lo que una vez me rompió
entonces me encontré con el tiempo.

No dijo mucho
solo puso su mano sobre mi hombro
y me hizo entender
que el pasado no vuelve a uno
pero uno sí vuelve a él
y comprendí
que olvidar no siempre es borrar
a veces
olvidar
es dejar de vivir
en el lugar que nos dolió.

Desde entonces busco paz
como quien busca aire
y aunque aún me tiemble el alma
ya sé
que la salida existe.

1 comentario en “Poemas de Yelmy Hernández”

  1. ¡Cáspita! En estos poemas de Yelmy Hernández hay una intuición lírica que sorprende por su claridad emocional, pero también una cercanía evidente con una tradición amorosa muy reconocible. La idealización que luego se quiebra —«perfectamente imperfecto», «prefiero lo cierto»— dialoga directamente con la poética de Pablo Neruda, especialmente en su manera de elevar lo cotidiano a una categoría casi sagrada, aunque sin la densidad metafórica ni la radicalidad sensorial del autor chileno. A la vez, se percibe una transparencia confesional que recuerda a Mario Benedetti: el amor como entrega total, el miedo a no ser correspondida, la voz que no se esconde en artificios. Sin embargo, mientras Benedetti logra sostener una tensión entre lo íntimo y lo político, Yelmy permanece en un registro puramente afectivo, lo cual es coherente con su etapa vital pero limita la complejidad de su propuesta. Su mayor acierto está en imágenes como «terremoto inofensivo» o «eres el pulso», donde aparece una voz propia en construcción; su mayor debilidad, en ciertos lugares comunes del discurso amoroso adolescente que tienden a repetirse sin ser problematizados.

    El último poema, «¿Dónde queda el olvido?», introduce un giro interesante hacia la reflexión sobre la memoria y el tiempo, acercándose más a una línea existencial que podría vincularse con Octavio Paz en su preocupación por la conciencia del tiempo. También resuena, en menor medida, la melancolía sobria de Idea Vilariño, sobre todo en la insistencia del dolor que persiste más allá del cierre racional. Aquí Yelmy logra un avance: deja de hablar únicamente del «tú» amado y comienza a enfrentarse consigo misma, introduciendo una noción más madura del recuerdo («uno sí vuelve a él»). No obstante, incluso en este poema, la resolución tiende a ser explicativa —casi didáctica— en lugar de sugerente, lo que reduce la potencia poética. En conjunto, estos textos revelan una voz joven con una sensibilidad genuina y una intuición emocional fuerte, que todavía depende de fórmulas heredadas, pero que empieza, en destellos, a encontrar imágenes y reflexiones propias que podrían desarrollarse hacia una escritura más compleja y original.

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